Se sueñan. Se imaginan. Se planean. Se esperan. Pocas experiencias generan tanta expectativa como las vacaciones. En este ritual, no queremos dejar nada librado al azar. Por eso, en la valija abundan demasiadas prendas "por las dudas" y acarreamos remedios como si fuésemos a enfermarnos todo el verano.
Lo que no solemos planear es cómo será la convivencia. Suponemos que las vacaciones suelen ser un momento ideal para poner a prueba una relación o para darnos una nueva oportunidad en el amor.
¡Le ponemos tantas fichas al receso! Queremos que todo funcione de maravillas. Pretendemos que el hijo pequeño deje los pañales y la mamadera, el del medio aprenda a atarse los cordones y el adolescente mejore la comunicación con los padres. En fin, demasiados condimentos para los pocos días disponibles para ¿descansar? y para los pocos metros cuadrados que suelen tener las casas de veraneo.
El panorama parece demoledor a simple vista. Y más de uno tendrá que volver con las valijas llenas de expectativas sin cumplir y con mucha ropa que a fin de cuentas ni la necesitaba.
Será que a veces, pasamos más tiempo planificando lo que haremos cada día de las vacaciones en vez de disfrutarlas. Terminamos estresados y extrañando la rutina, bastardeada hasta el hartazgo, pero anhelada cuando falta.
En síntesis: paciencia. Dejemos que las vacaciones sean lo que son: descanso, no sólo del trabajo, también de la presión y de la lista de las cosas pendientes.